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Para cualquier amante de la naturaleza, la idea de contemplar una ballena es más que tentadora, pero la simple posibilidad de nadar junto a ellas es un sueño, que en el Banco de la Plata se puede hacer realidad, y sin necesidad de ser buceador, ya que todos los encuentros se realizan en aguas someras, y solo tenemos que equiparnos con gafas, aletas y tubo. Durante el crucero podremos interactuar con los cetáceos, contemplando de cerca su forma de vida.
 
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Dado que las ballenas, desde que inician su viaje en el Ártico hasta que regresan desde el Banco de la Plata, no pueden alimentarse, se cuida mucho que no realicen esfuerzos y gasten energía inútilmente, algo que podría ocurrir si son permanentemente molestadas por las burbujas de los equipos de buceo. Por esta y otras razones, el buceo con equipo autónomo, al que estamos acostumbrados, no está permitido ni con las ballenas jorobadas o ni con otros grandes cetáceos, una norma que se aplica en todo el mundo.


El tener que renunciar a la botella y el regulador, puede no resultar muy atractivo, pero lo cierto es que nada más zambullirnos en estas aguas nos damos cuenta que no es algo necesario, y que podremos disfrutar al 100% con las ballenas, simplemente con el equipo ligero.


Desde el barco principal realizaremos dos salidas diarias, en dos barcas auxiliares para pequeños grupos. La dinámica es casi siempre la misma, primero se inicia un rastreo de la zona, para localizar el resoplar de alguna ballena o su cola. En ocasiones esta búsqueda es muy corta, ya que las ballenas pueden encontrarse a escasos metros de la embarcación principal o aunque estén lejos, sus saltos y chapoteos las delatan rápidamente. A continuación, ya al lado de una o varias ballenas, se inicia un ciclo de observación, para que los expertos que acompañan al grupo puedan determinar si son machos o hembras, si hay crías en el grupo y si en general están relajadas y dispuestas a quedarse con los nadadores.


Tras este preliminar, y si todo esta conforme, nos iremos metiendo lentamente en el agua, y poco a poco nos aproximaremos hasta la ballena o grupo de ballenas, hasta una distancia prudencial, que puede ser de 5 a 7 metros. A partir de este punto, la predisposición de nuestro anfitrión es algo fundamental, ya que el encuentro puede ser de un minuto o de horas.



Es difícil describir lo que se siente cuando una ballena de 30.000 Kg. y 12 metros de longitud nos mira directamente a los ojos, pero rápidamente nos daremos cuenta si hemos “conectado” con ella, ya que si tiene ganas de estar con nosotros puede iniciar un ritual, consistente en ponerse vertical, con la cola cercana a la superficie y las aletas pectorales abiertas, literalmente nos estará recibiendo “con los brazos abiertos”.


En otras ocasiones, en las que se muestran mas desconfiadas, tendremos que ser nosotros los que mostremos nuestras intenciones, realizando algo parecido a lo que ellas hacen, descendiendo unos metros y rotando sobre nosotros con los brazos abiertos, en una danza amistosa. Si en ese momento el gigante de 30 toneladas nos mira y realiza ese mismo gesto, nuestro viaje seguro que habrá merecido la pena.


Pero sin duda alguna, uno de los momentos más esperados es el encuentro con una madre que tiene una cría. La madre entrena a la joven ballena para que aprenda a realizar apneas largas, que le permitan seguir el ritmo de la manada en el viaje de regreso, pero esa rutina repetitiva y estricta suele aburrirle, y en cuanto ven un humano “con los brazos abiertos” piden permiso a su madre y se vienen literalmente encima de nosotros, un cachorro de 5.000 Kg. saltando y haciendo piruetas en el agua, ansioso de que le imitemos y entremos en su juego, algo que se puede alargar durante más de una hora y que nos dejara agotados y con un recuerdo inolvidable.


Las ballenas del Banco de la Plata nos permitirá formar parte de un selecto club de afortunados, aquellos que han podido “bailar” con ellas.

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